Las elecciones son a menudo fuente de incertidumbre económica e inestabilidad en los mercados, sobre todo aquellas en las que los candidatos ofrecen opciones políticas divergentes y cambios que pueden ser o no favorables a los negocios. En principio esta regla no se aplica a Estados Unidos, ni siquiera en esta polarizada última elección. Los dos únicos partidos estadounidenses sólo ofrecen diferentes matices para un modelo económico que no cuestionan. Las diferencias en lo económico son de grado y de velocidad de ajuste, no de fondo. Los republicanos son partidarios de menores impuestos y una mayor participación privada en lo público. Los demócratas, de un salario mínimo más alto y de mayor gasto público en lo social.
Empresas y empresarios dividen sus lealtades financiando al partido que en alguna medida representa sus intereses, y los partidos se disputan sus favores. Para evitar entre otras cosas las injusticias pos elecciones que generan estos compromisos de campaña, tras arduas negociaciones, en 2002 se aprobó la ley McCain-Feinhold que establece límites a las contribuciones de individuos y prohibe los aportes ilimitados de grupos y corporaciones a partidos políticos.
La ley logró parte de su cometido. Dos mil quinientos de los cuatro mil millones que el Center for Responsive Politics (http://www.opensecrets.org y http://www.opensecrets.org), una institución no partidaria sin fines de lucro, estima que costaron las campañas del 2004 provinieron de pequeñas contribuciones individuales. Atrás quedaron excesivas contribuciones personales, como cuando la campaña del presidente Clinton extendía invitaciones a dormir en la Casa Blanca que se traducían en donativos de entre 100 y 400 mil dólares para la reelección. (La revista Mother Jones publicó en 1997 la lista de los “huéspedes” y sus contribuciones: http://www.motherjones.com/news/feature/1997/03/WHsupporters.html y http://www.motherjones.com/news/feature/1997/03/WHsupporters.html)
Sin embargo, la ley no ha evitado que grupos de presión llamados 527 (por el artículo de la ley impositiva que los define) y de acción política, como los sindicatos, reciban dinero ilimitado y participen en las campañas apoyando a uno u otro candidato desde fuera de los partidos. Estos grupos gastaron 386 y 384 millones respectivamente en las elecciones 2004. Más aún, la ley no ha evitado, ni cuestionado, que las campañas sean financiadas por quienes cuentan con fondos para contribuciones privadas. Sólo 207 de los 4 mil millones erogados vinieron de fondos públicos. Menos que en el 2000, cuando fueron 238 de 3 mil millones. O sea que la política electoral, con sus compromisos, sigue dependiendo de quienes puedan financiarla.
El Center for Responsive Politics publica un completo estudio sobre el financiamiento de la campaña 2004 con las cantidades donadas a cada partido por distintos sectores (http://www.opensecrets.org/pressreleases/2004/04spending.asphttp://www.opensecrets.org/pressreleases/2004/04spending.asp). Abogados y sindicatos son contribuyentes cautivos de los demócratas quienes recibieron más del 90% de sus fondos. Los republicanos siguen siendo los favoritos para los aportes de toda industria y servicios salvo las del cine y el entretenimiento. Se llevaron por ejemplo el 72 por ciento de los fondos del agro (incluye al tabaco) y la el 70 por ciento de la industria farmacéutica. El libro Is That a Polititcian in Your Pocket? presenta de manera amena el escabroso tema de los intereses creados y los fondos de las campañas.
Además de los problemas asociados al financiamiento de campañas, el sistema electoral estadounidense enfrenta el fantasma del fraude como resultado de un sistema de emisión y conteo de votos obsoleto. El destacado editorialista del Wall Street Journal John H. Fund en su libro Stealing Elections presenta un aterrador recuento de los numerosos casos de fraude ocurridos en los últimos 10 años en los estados de Florida, Texas y Maryland entre otros. Parece que en esta elección el margen minimizo su importancia.
Una de las características de la democracia en Estados Unidos es su legitimidad a los ojos de sus ciudadanos y el contrapeso al poder del gobierno que ejerce una pluralidad de intereses que participan activamente en el proceso político sin ser parte formal del mismo. En este grupo destacan los medios de comunicación, cuando se mantienen abiertos a distintas corrientes y las organizaciones sin fines de lucro, las cuales fueron particularmente activas en el último proceso promoviendo el voto.
En este contexto me parece interesante el libro del cada vez mas popular cómico Jon Steward, “America (the Book): A Citizen’s Guide to Democracy Inaction”, ya que con un gran sentido del humor satiriza varios de los problemas antes expuestos y presenta las razones del hasta ahora bajísimo interés por votar en Estados Unidos. Para acabar con la familiar apatía por la política y mantener el interés demostrado en esta elección resulta imperativo modernizar un sistema electoral obsoleto.
Lecturas:
John H. Fund. Stealing Elections: How Voter Fraud Threatens Our Democracy; Encounter Books; 2004.
Michael L. Sifry y Nancy Watzman; Is That a Politician in Your Pocket? Washington on $2,000,000 a Day; Wiley, John & Sons; 2004.