Hace 100 años, los populistas estadounidenses se manifestaban en contra del proteccionismo denunciando las desigualdades producidas por aranceles que aseguraban un mercado cerrado a empresas no competitivas que compraban la protección del gobierno. Hoy, como un siglo atrás, hay sectores empresarios que se valen del lobby para obtener subsidios y cerrar las fronteras a la competencia. Esto perjudica a algunas empresas competitivas que quedan sin incentivos o recursos para contrarrestar esas acciones y promover el mercado libre. Por su parte, los consumidores no están organizados para defenderse de acciones proteccionistas que limitan sus alternativas de acceso a bienes y servicios de diverso origen, calidad y precio.
El proteccionismo y el comercio internacional siguen siendo temas explosivos en las campañas electorales en Estados Unidos. En las últimas semanas, los candidatos del partido Demócrata han hablado de abandonar el TLC con México y responsabilizado al libre comercio y al “outsourcing” (la tercerización y mudanza de operaciones a países donde el costo de la mano de obra es bajo) por la pérdida de puestos de trabajo, ignorando el impacto de la tecnología en el mercado laboral.
El destacado teórico Jeremy Rifkin demuestra en su libro The End of Work que la innovación ha sido la principal fuente de creación, substitución y pérdida de empleo. Las nuevas tecnologías han reducido el número de personas requeridas para la prestación de ciertos servicios y la producción de ciertas mercancías. En los últimos 15 años, por ejemplo, la cantidad de operarios necesarios para armar un auto se redujo a la mitad. Esto ha contribuido a rebajar sustancialmente los precios de autos, teléfonos celulares, computadoras, ropa, etc. Es poco probable que los consumidores estadounidenses estén dispuestos a pagar 30 por ciento más para que las etiquetas de los productos digan “hecho en EEUU”. Sin embargo, restringir o encarecer importaciones implica transferir recursos del consumidor al productor protegido.
Entre los textos que confrontan de manera seria los argumentos proteccionistas, está Free Trade Under Fire, del profesor de economía Douglas A. Irving. Munido de datos y ejemplos claros, Irving desafía a quienes, desde el fracaso de la cumbre de la Organización Mundial de Comercio de Seattle en 1999, han culpado al libre comercio, la OMC y el TLC del deterioro del medio ambiente, la explotación de menores, la pobreza y la pérdida de empleos. Irving busca demostrar que estos factores negativos son históricos y que son de hecho mitigados por las ganancias en la productividad derivada de políticas comerciales abiertas y los bajos aranceles.
En su libro El fin de la globalización, Lecciones de la gran depresión, el destacado historiador Harold James alerta sobre el riesgo del proteccionismo, al que señala como una de las causas de la crisis que se inicia en 1929. James dice que durante los años 20 los aranceles en los países industriados aumentaron entre el 13 y 18 por ciento, provocando un desempleo del 37.6 por ciento en Estados Unidos, 43 por ciento en Alemania y 22.1 por ciento en el Reino Unido. Las cifras actuales de desempleo en el mundo desarrollado son mucho más bajas (5.4 por ciento en Estados Unidos y 8.8 por ciento en la Unión Europea), pero pueden adquirir otra dimensión si no se ve el peligro latente del proteccionismo.
La sombra del protecionismo y la politización del debate sobre el libre comercio no sólo impiden apreciar la complejidad del tema, sino que le restan atención a los grandes problemas económicos y sociales como la pobreza y la desigualdad. Es poco probable que en Estados Unidos la inminencia de las elecciones permita un debate serio sobre el estado actual de la economía de ese país y sobre el impacto de sus políticas económicas en el resto del mundo.